La campana del la iglesia del pueblo resuena por el valle viajando entre las cumbres la Sierra. Me encuentro en “la calle” imaginaria por donde me gusta pasear, donde siento, pienso, valoro….. Estoy en uno de los ríos de Sierra Nevada, donde la soledad da sombra, donde el agua jamas es silencio y la ribera acogedora manifiesta mil y una sensaciones que se desprenden de la montaña. Sierra Nevada, el Rio Trevelez y yo…….. y eso es maravilloso.
Como podéis ver los motivos para llegar hasta aquí no son solo la pesca, hay mucho más: La diálisis de paz y sosiego a la que someto nada más entrar en las puertas del paraíso, no es solamente gratifícante quizás sea hasta sanadora. El sonido del chapoteo de las capturas es su intento de liberarse, es la mejor terapia relajante.

Un día sin darme cuenta me enamore de las partes “hondas” de la montaña, sobre todo de las olvidadas… donde casi nadie se acerca. Allí habita el agua con su estruendo boceado por las cascadas, retumbando entre las paredes de la montaña, lugares donde puedo posar la mosca rodeado de las veredas intemporales labradas inimaginablemente en las rocas escarpadas.
Un día sin darme cuenta me enamore de las partes “hondas” de la montaña, sobre todo de las olvidadas… donde casi nadie se acerca. Allí habita el agua con su estruendo boceado por las cascadas, retumbando entre las paredes de la montaña, lugares donde puedo posar la mosca rodeado de las veredas intemporales labradas inimaginablemente en las rocas escarpadas.
Quizás antes de llegar por primera vez hasta aquí…. ya soñaba con algún lugar como este. Tengo la sensación de que el agua sabe que estoy dentro del cauce, baja desde lejos para hacer dragar mi mosca jugueteando en la corriente y vuelve a subir contracorriente para divertirse. A veces la espuma se empeña en sumergir mi mosca por debajo de la superficie, con paciencia elevo la mosca dándole algunos vuelos de propina para secarla, recobrando rauda su flotación. Esta pausa de secado es un recurso que casi siempre da un plus a nuestra acción de pesca, por simple que parezca y por fácil que sea olvidarlo.

He vivido dos jornadas de pesca en las que la suerte ha sido dispar. Desde hace unos años Sierra Nevada y su población de Trucha Común, va a menos en su vertiente sur por causas naturales. Las riadas por lluvias torrenciales están agrediendo el cauce de los ríos, desatando su furia entre los estrechos valles. Y lo peor: No es algo achacable a una mala jornada puesto que más compañeros de afición me lo confirman.
La nieve a estas alturas es testimonial en las cumbres, el deshielo a dejado paso a un buen caudal de estiaje y por tanto la pesca salvo por el calor se hace cómoda en el vadeo. Sin embargo las buenas sensaciones aparentes del caudal, no han servido a las Truchas para dar la cara como se debía esperar. De los cuatro días que pude disfrutar de la pesca, tan solo un día pude disfrutar plenamente, siendo el resto de días frustrantes en el número y tamaños exigiendo “duro trabajo” para conseguir capturas.
La actividad en superficie apenas existía, los tricopteros de pelo de ciervo de gran efectividad en esta agua no hace mucho, han pasado a un segundo plano por exigencias del guión, las ninfas cobran protagonismo y se convierten en el señuelo estrella. Mi elección de montar un tándem de dos ninfas, aunque sí muchas alegrías, fue más efectiva en número que los “tricos” y el tándem seca / ninfa con el que empecé.
La poca actividad y capturas hicieron que los cambios en el bajo, moscas y posibilidad de lances fuesen continuos, a veces desesperante. El lance de punta es de obligada utilización, en unos ríos en los que las pozas no son muy grandes y las corrientes dragan la mosca con facilidad.
Marcar los tiempos: Lanzando a “ballesta” posando la mosca en algún pequeño remanso y elevando la caña rápidamente hacemos trabajar únicamente el monofilamento, y evitamos que la línea toque agua para eludir el “dragado”. Este es un mecanismo habitual en acción de pesca de este tipo de ríos y aun más, cuando las truchas no están de picar.
Si ser muy serpenteantes los cauces de Sierra Nevada rebosan de aguas espumosas y limpias, circunstancia que hace más agradable practicar la pesca a mosca, disfrutando hasta de los momentos en los que cambiamos de imitación en busca de mejorar los resultados. Al igual que en otros ríos y en las horas de más calor, intente escoger tramos donde la vegetación de ribera me protegiera, las truchas también parecen tener el mismo pensamiento puesto que las sobras fueron buenos puntos a tocar dado los resultados.
En mi primera jornada de pesca, la mejor, pude observar varias eclosiones de tricopteros, plecópteros y en el último día de hormiga alada. Solo me dio resultado imitar la eclosión mencionada en primer lugar. Hice balance obligado de regreso a casa y al final de la jornada, solo tres tipos de moscas me dieron capturas: tricopteros, efémeras marrones y ninfas en tonos grises y liebre natural.
Me veo en un futuro mucho más viejo, cansado y lento llegando hasta estas tierras altas buscando la paz que nunca nos da la ciudad. Habría que decir: Mientras los huesos me aguante, seguiré buscándome en estos cauces y con ese pensamiento aprovecho cada momento del presente ahora cuando la fuerzas, los sentidos y la vida me permiten sacarle todo el partido a los cauces.
PD: Una de las jornadas la compartí con buenos amigos: Rafael Partera y Mª José, gracias a ambos por la compañía.
FIN
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